Educar en la esperanza

Educar en la esperanza

FRENTE A LAS ADVERSIDADES, SUFRIMIENTOS Y TRAGEDIAS, TODAVÍA SE PUEDE

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Debemos enseñarles a nuestros hijos a permanecer aferrados a la esperanza.

Jorge Pacheco Tejada
Educador

El mundo de hoy atraviesa muchas dificultades. Desde los desgarradores episodios de la guerra en Medio Oriente hasta los embates de la naturaleza en nuestra patria, el Perú, la realidad nos va diciendo que aún hay muchas familias que sufren. Y sin tener que llegar a extremos trágicos, uno podría constatar que en su propia familia siempre existen adversidades o dolores que superar. ¿Cómo sobrellevar estas situaciones?

Muchos dirían que lo anterior se logra con fe. Y es cierto, la fe es un don que acompaña —también— los momentos complicados y los llena de sentido, sin embargo esta no sería posible si no va acompañada de otra virtud: la esperanza. Educar en ella a los hijos y permitirnos como padres aprender a conservarla es una tarea muy positiva.

Vínculo

La esperanza es una virtud que no se apoya en previsiones o cálculos humanos porque viene de Dios; se manifiesta donde no hay nada más en qué esperar: en la ausencia, el vacío, la dificultad. Por más grande que sea el problema, el hombre no deja de esperar.

Y se espera porque se tiene fe. Por ello es válido preguntarnos en casa —y tal vez incluso generar un diálogo al respecto—: ¿en qué tenemos fe?, ¿cuáles son nuestras esperanzas como familia?, ¿qué promesas esperamos que se cumplan en nuestra vida?

“Creer contra toda esperanza” ¡Esta es la paradoja y al mismo tiempo el elemento más fuerte, más alto de nuestra esperanza! Tenemos la obligación de enseñarles a nuestros hijos a permanecer aferrados a la esperanza que surge de la promesa de Dios.

Promesas

Cuando Dios promete algo, el cumplimiento es un hecho. Jamás falta a su palabra. Con esta certeza, nuestra vida asumirá una luz nueva. Por la esperanza, confiamos totalmente en Él y esperamos el cumplimiento de sus promesas. Estas son las verdades de nuestra fe, que nos abren a la esperanza cristiana.

No podemos dejar pasar esta oportunidad para hablar con claridad a nuestros hijos sobre el sentido de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Pensar

Le pregunté a un joven amigo cercano, qué sentido tenía para él reflexionar sobre la esperanza. Me respondió que, para él, se trataba de preguntarse “sobre cosas de las que no tenía certeza plena”. “Es como volver a pensar y gracias a ese proceso puedo entender la vida. Cristianamente pienso sobre la vida de Jesús y la contrasto con la mía, por eso creo que me ayuda a mejorar, a definir mis objetivos, a actuar como Jesús, a amar como Él, y así me dejo tocar por la esperanza”.

Esta respuesta reafirma mi convicción de que nuestros hijos, en su juventud, en la lozanía de sus años mozos, pueden ser más reflexivos de lo que imaginamos. Ayudémosles a que descubran su vocación y su misión cristianas, a que crean con firmeza en la resurrección futura; ayudémosles a que tengan fe en Dios, que nos da motivos de esperanza.

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