Una vida llena de literatura a través de Vargas Llosa y Rushdie

Una vida llena de literatura a través de Vargas Llosa y Rushdie

Los escritores dialogaron sobre los libros que tuvieron un impacto en ellos

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Una trama empapada de verdadera emoción, en la que los personajes nos confrontarán con su discreta melancolía.

Geraldine Canasas Gutiérrez

Entre confesiones y anécdotas, Mario Vargas Llosa y Salman Rushdie ofrecieron una noche de cultura y humor a quienes tuvieron la gran oportunidad de compartir con ellos uno de los tantos diálogos literarios realizados en la última versión del Hay Festival.

Esta fue la última actividad realizada por ambos escritores en el denominado festival de las ideas, realizado días atrás en Arequipa. El conversatorio, moderado por la periodista argentina Leila Guerriero, tocó variados temas. Encuentro tuvo acceso a este evento. Disfrute:

Literatura que acompaña

En un deseo por saberlo todo —desde la niñez de los escritores—, Guerriero empezó preguntando a sus invitados qué obras los acompañaron en la infancia o en sus momentos más difíciles.

Salman Rushdie, entusiasmado, comentó: “Desde muy pequeño, me sentí atraído por la ciencia ficción. Autores como Ray Bradbury, Philip K. Dick, Isaac Asimov y Stanislaw Lem figuraban, en aquel entonces, en mi lista de escritores favoritos. Tanto me identificaba con ellos y con su prosa que recuerdo que muchas veces me sentía un alienígena entre la gente”.

Tomando la posta, y con un severo malestar en la garganta, Mario Vargas Llosa dijo que sus autores favoritos —cuando niño— fueron Julio Verne y Emilio Salgari. Se sentía maravillado por las cosas que narraban. Poco después Los Miserables, de Victor Hugo, marcó esa etapa de su vida para siempre. “Es un libro que me ha acompañado toda la vida y del que he aprendido cosas fundamentales en etapas distintas”, recordó.

Nuevos descubrimientos

También contaron cómo es que a través de los libros dieron un paso a la pubertad y luego a la precoz adolescencia. “Mi madre tenía en su mesita de noche un ejemplar de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, que después de ser leído guardaba celosamente bajo siete llaves y me tenía prohibido leerlo.

Por supuesto, yo lo leí”, comentó Vargas Llosa. Sus encuentros con este tipo de literatura no culminaron allí. Tiempo después, ya siendo un adolescente en pleno, descubrió en la biblioteca del Club Nacional una colección de libros eróticos en francés.

Rushdie ríe cómplice y acota su propia vivencia. “Yo crecí en la India, en un internado de varones. Recuerdo haber tenido un contacto con el erotismo cuando encontré en la biblioteca un ejemplar de H. Lawrence, autor de El amante de Lady Chatterley.

Y como yo, fuimos tantos los que leímos ese libro que en cuanto tenías el ejemplar en las manos automáticamente se abría en las páginas más subidas de tono”, rememoró entre risas.

También dijo haber leído Lolita, de Vladimir Nabokov, y Trópico de Cáncer, de Henry Miller, a quien, por cierto, se refirió como un buen escritor y lo libró del adjetivo machista que hoy en día muchos usan para calificarlo.

Vivencias entre libros

La conversación continuaba y Leila Guerriero hizo énfasis en los autores que marcaron a estos escritores. Los que influyeron en su obra, en su estilo, en la forma que abordaban diversos temas. Cuenta Vargas Llosa:

“Madame Bovary, de Gustave Flaubert, cambió mi vida. Leí ese libro por primera vez en una época en que estaba muy deprimido, pues me había dado cuenta de que no era un genio para escribir; de todas, la escena que marcó mi vida fue la del suicidio —y con ello provocó carcajadas en el auditorio—, y no me malinterpreten, lo que me maravilla de esa escena es el obsesivo detalle por el cuidado de la forma.

Fue entonces que me di cuenta de que trabajando arduamente podía llegar a convertirme en el escritor que deseaba ser. De Flaubert aprendí que cuando no eres un genio puedes suplir esa carencia con persistencia y esfuerzo”.

Salman Rushdie cuenta: “Después de publicar Los versos satánicos, empezó para mí la persecución y la condena de muerte por blasfemo, pues bien, decidí leer entonces a Voltaire y a Fiódor Dostoyevski, y constantemente me decía: si ellos en su tiempo pudieron superarlo todo, yo también puedo.

Eso también me sirvió para darme cuenta de que aquellos que combaten los libros lo hacen desde la ignorancia. Muchos de los islamitas que pedían mi muerte nunca habían leído mi obra”.

El texto y el contexto

“Las obras literarias adquieren valor por el contexto cultural”, dice Vargas Llosa, y con esta afirmación abre otro debate. “Los libros no son los mismos porque uno no es el mismo todo el tiempo”, agrega.

Rushdie se siente muy empático con este tema y detalla: “Tengo libros en mi biblioteca que en algún momento los encontré fascinantes y ahora no puedo ni verlos. Hay libros a los que uno no responde, con los que no comulga cuando recién los lee; pero más adelante, uno encuentra su camino en ellos.

Cuando tenía 18 años leí El tambor de hojalata, de Günter Grass, y no me gustó; lo leí nuevamente diez años después y respondí a él de inmediato, al punto de compenetrarme con la obra y el autor”.

Entusiasmado y mirando al público, Rushdie afirma que la relación entre lectores y libros nunca es fija y, más bien, lo que hay que esperar es que estos textos —difíciles de leer o asimilar— pasen el examen del tiempo y que los nuevos lectores respondan a ellos de forma positiva.

Más allá del tiempo

Guerriero finalizó el conversatorio preguntando a los dos invitados por sus pronósticos sobre qué autores contemporáneos serían leídos por las próximas generaciones.
Mario Vargas Llosa es contundente en su respuesta: “Para mí, Jorge Luis Borges. A la fecha, ninguna persona ha podido siquiera imitar en algo su obra. Su legado perdurará siempre”.

Salman Rushdie, igual que el nobel, lo tiene claro: “Sin duda alguna, Toni Morrison, Philip Roth y Saul Bellow”. Y así culmina este muy nutritivo diálogo.


¿Qué no enseña un libro?

Vargas Llosa contó: “A mí, los libros no me enseñaron lo que era el amor. Nunca. El amor, más bien, me lo enseñó una trapecista de circo que conocí cuando estaba en Cochabamba (Bolivia) y tenía tan solo ocho años. Soñaba pasear de la mano con ella, incluso darle un beso”.

Rushdie, y sin temor a equivocarse, refirió que los libros no necesariamente enseñan que la justicia existe en el mundo. “Incluso los libros que escogí, en muchos de ellos ganaban los malos”, señaló.

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