Más allá de la anécdota del rosario de Zlatko Dalic

Más allá de la anécdota del rosario de Zlatko Dalic

Un breve repaso a la historia del pueblo croata que luchó por su independencia

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El recuerdo de la guerra croata volvió tras la buena actuación de su selección de fútbol.

César Belan Alvarado

En la coyuntura de la final del Mundial de Fútbol Rusia 2018, muchos amigos me han manifestado su apoyo a la selección croata y su satisfacción por el buen juego de esta. Varios de los comentarios hacían referencia al hecho, insólito para ellos, que el entrenador Zlatko Dalic tenía su rosario en cada encuentro. Pero este episodio tiene un significado que va más allá de lo curioso o folclórico, y que me parece justo ilustrar.

En el partido entre Francia y Croacia, además de dos buenas propuestas de fútbol —una más vistosa que otra—, se enfrentaron dos formas de ver el mundo. El rosario de Dalic trascendió los medios, como también el que Luka Modric fuera un desplazado en la guerra contra la Yugoslavia comunista, donde murió su abuelo.

Pero no solo Modric, sino la mayoría de los jugadores fueron desplazados en esa guerra, en la que también murieron algunos de sus familiares. Ante estos hechos, escuchamos eslóganes de siempre, tan ingenuos como peligrosos: “Que fea esa guerra fratricida”, “toda guerra es mala”… Sin embargo, los croatas se sienten orgullosos y hasta felices por la guerra de los 90.

Lo mostrado en la cancha es apenas un destello de la gran gesta que se vivió entre 1991 y 1997. En esos años, el pueblo croata —luego de que la represión comunista llegara a su límite en un partido de fútbol entre el Dínamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado, donde la policía serbo-yugoslava disparó contra los fanáticos croatas y jugadores, como Boban, se enfrentaron a golpes contra los gendarmes— combatió con éxito a un ejército muy superior, el serbo-yugoslavo.

Son épicas las hazañas en Vukovar, donde un puñado de milicianos destruyó divisiones enteras de tanques con minas caseras; o la lucha en Dalmacia y en Eslavonia, en la que la gente peleaba por la tierra de sus padres y su religión, aun cuando Croacia sufría el embargo de armas por parte de la comunidad internacional.

A pesar de todo, se ganó bajo el grito de Za Dom Spremni! (siempre listos por nuestras familias), lema utilizado desde 1940, cuando —bajo la ocupación nazi— los croatas consiguieron su independencia del Imperio serbio, en ese tiempo llamado Reino de Yugoslavia.

Sin embargo, a la Unión Europea y a la ‘izquierda mundialista’ nunca les gustó el nacionalismo y menos el nacionalismo católico. Como señaló hace unos días Gustavo Faverón, portavoz de un sector de la izquierda peruana, el mundo “progresista” debía hacer votos para el triunfo de Francia, esa “república liberal y multicultural”, sobre el equipo fascista croata.

Decía esto porque Simunic y Mandzukic fueron prohibidos de jugar en el Mundial pasado por gritar Za Dom Spremni!, algo que las susceptibilidades izquierdistas acusan de fascismo; porque el entrenador Dalic dedicó los triunfos a los voluntarios (milicias) que lucharon por la libertad del pueblo croata en la guerra contra el comunismo, a los croatas en Bosnia (país ‘inventado’ por la presión internacional, donde la mayoría es croata y lucha por unirse a la madre patria) y a los croatas de la diáspora, quienes —como mi abuelo— abandonaron su país escapando de la barbarie comunista.

Obviamente, todo esto, como cuando los jugadores se persignan o hacen señales religiosas, está cuidadosamente silenciado y no aparece ante las cámaras. La FIFA se cuida de repetir las consignas y creencias del ‘mundialismo’ haciendo que sus favoritos siempre ganen.

 

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