Los desvaríos de Auster

Los desvaríos de Auster

A propósito de su libro The Brooklyn Follies

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Paul Auster fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2006.

José Manuel Rodríguez Canales

No voy a ocultar mi admiración por Paul Auster. Aunque mi admiración no sea un gran mérito para él, porque estoy muy lejos de no ser más que un lector promedio. Quien haya leído más de uno de sus libros encontrará en The Brooklyn Follies una especie de colección de varios de sus recursos narrativos: una prosa fácil que hace creíble cualquier historia; un ‘paisaje escrito’ al que el lector no le encuentra jamás un andamio; un resto sobrante del material con el que está hecho; una gran mentira que parece tan verdad que uno, aunque sabe que el mentiroso es Auster, no tiene cómo descubrirlo en el texto, es decir, una rara combinación hecha de un estilo inconfundible y sorpresa; un enlistado de curiosidades históricas tan verosímiles como las mentiras bien elaboradas; disparos a la cultura del lector, y retos sobre literatura, sobre todo, norteamericana.

El argumento

En The Brooklyn Follies (2005), un jubilado vuelve a Brooklyn y se pone a escribir todas las tonterías que le vienen a la cabeza manteniendo un diálogo entrecortado con un sobrino suyo, un treintañero que carga el fracaso académico unido a su genialidad, erudición e incapacidad para hacer lo que la gente llama ‘salir adelante’.

También aparecen en escena un homosexual exconvicto y brillante estafador en el mundo del arte dedicado a la librería y una niña muda, el resto son coreutas. Con eso, Auster ha creado una historia que no permite dejarla, ¿o serán manías mías? Por último, todo sabe a Nueva York. Al fin y al cabo, Auster es una voz del Central Park.

Ah, perdón, en el título de esta columna escribí lo de ‘desvaríos’ porque es la traducción más aproximada para follies, que en italiano se diría follia, una palabra que significa locura pero que también tiene la acepción de tontería y se asocia a la folla, es decir, la multitud que cuando se reúne hace estupideces, o sea follie (el plural de follia).

Es que la masa no piensa, es gregaria, con ella no se puede razonar. Un ejemplo clásico en el cristianismo es la folla que primero canta “Hosanna al hijo de David” en la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén, para días después estar gritando, con el mismo entusiasmo, “¡crucifíquenlo!”.

Listo, todo este último párrafo es una mentira, un desvarío, una follia, no me crean, no miento tan bien como Auster, solo intentaba imitarlo para que se hagan una idea.

 

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