Las dos caras de la moneda: Marat/Sade

Las dos caras de la moneda: Marat/Sade

NOS SUMERGE EN EL PERÍODO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

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Es un excelente ejemplo de película que tiene atractivos valores artísticos para dialogar y debatir.

César Belan

Muchos académicos señalan que el cine es el arte más completo por definición; por otro lado, algunos puristas consideran que este se mantiene en desventaja —por al menos cientos de años— con respecto a las otras disciplinas artísticas, en especial con su primo hermano: el teatro.

Sin embargo, atinadas producciones como Marat/Sade sabrán conjugar en delicioso equilibrio estos dos géneros estéticos, derribando así inútiles fronteras en el ámbito de la expresión estética.

La cinta nos muestra así una representación dentro de otra; elaborada elipsis que hará referencias interminables a otros pasajes y situaciones, un firme haz de significados aparentemente contradictorios o incluso inconexos bocetando la faz misma de la historia.

La revolución

Como alude el título original de la obra, La persecución y el asesinato de Jean-Paul Marat como fue representado por los internos del manicomio de Charenton bajo la dirección del marqués de Sade nos sumerge en el período comprendido entre la Revolución francesa y el Consulado Napoleónico, y mediante sus personajes más célebres nos hace partícipes de sus paradigmas —muchas veces contradictorios— y aspiraciones, aquellas que conforman la raíz misma de la modernidad y de lo que pretendemos aún hoy como colectividad.

Desde el mismo margen de la sociedad, tres posiciones doctrinarias se mantienen en permanente diálogo y debate, como un elaborado juego de voces en cualquier aria de ópera. Marat enarbolará la voz más radical, hurgando entre los desechos de Francia en la época del terror, una sociedad en la que no impere más rey que la igualdad.

Por su parte, De Sade optará por una posición más incrédula y decadente, insistiendo en la inutilidad del programa revolucionario y en la desnaturalización del hombre como “hermoso animal libre” por su inserción a la fría maquinaria estatal.

Napoleón

Finalmente, Napoleón Bonaparte —que terciará el debate de manera tácita— responderá a la imagen de una sociedad cansada de los ideales más radicales y acomodada con el antiguo régimen, siempre bajo un barniz revolucionario.

Esta metáfora del mundo moderno, y sus actuales inconsecuencias y desviaciones, resulta simplemente magnífica. La representación, el vestuario, el escenario y el guion se relacionan perfectamente entre sí, amén de ser dignos de una obra maestra. Imperdible.

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