Entre las sombras del espíritu: “La Pasión de Juana de Arco”

Entre las sombras del espíritu: “La Pasión de Juana de Arco”

CONSIDERADA LA MAYOR OBRA DEL CINE MUDO DE TODOS LOS TIEMPOS

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Por: César Belan

A principios del S. XVII una nueva concepción de la belleza se delinea en los cenáculos artísticos europeos; la nueva corriente responde a los acontecimientos inmediatos: el clima ideológico en el orbe reacciona contra las viejas estructuras — tanto políticas como de pensamiento— volviendo los ojos al hombre, quien reclama su total señorío frente a todo lo que le rodea.

El Renacimiento reivindica a una humanidad asfixiada entre los humores de la metafísica otorgándole la completa capacidad de regirse a sí misma, de aprehender mediante sus frágiles sentidos todo el universo natural y consagrar a la razón como la medida de todas las cosas mediante la vuelta de la tradición pagana y asumiendo valores resumidos en el viejo lema de los juegos olímpicos: Citius, altius, fortius.

La estética del poder

Sin embargo, y por encima de las ansias del ser humano por decretar el imperio total de la razón, la avalancha de lo irracional siempre se hubo de desbordar por los márgenes de la historia. Justamente, la máxima expresión del inconsciente, se definirá como el Barroco.

Definido como “la estética del poder”, haciendo alusión al impulso y patrocinio que brindó la Iglesia Católica a este movimiento y su uso en favor de la Evangelización del Nuevo Mundo y la reacción a la Reforma Luterana, el Barroco fue el vehículo más idóneo para representar el universo alegórico y la complejidad doctrinaria de la Iglesia.

El tenebrismo, las recargadas ornamentaciones y la ruptura de la fluidez en espacio se mostraron como eficaces intentos en el afán de generar en la feligresía la plena conciencia del dolor, sacrificio, majestad y de la vida ultraterrena.

Pasión por el encuadre

En 1981, el encargado de limpieza de una institución mental en Oslo encuentra en un armario clausurado una copia del primer negativo no censurado de “La Passion de Jeanne d’Arc”, cuyo único original había sido destruido en un incendio. Este extraño suceso constituyó un verdadero milagro cinematográfico, ya que luego del siniestro que hubo de estropear su filme, Dreyer se opuso rotundamente a re-editar la película a partir de las tomas que se salvaron del fuego.

Por muchos años circularon escenas incompletas e inconexas tomas de una obra maestra mutilada —víctima de una censura más cruel que la que le impuso el Arzobispo de París luego de su exhibición— hasta que aquel milagro en el psiquiátrico noruego permitió la circulación masiva —una edición impecable ya se puede encontrar en DVD— y la delicia de los cinéfilos.

Sin embargo, no nos ha de sorprender por que esta cinta hubo de esconderse por décadas en un antiguo centro de salud mental, ya que cualquiera que eche un vistazo al filme comprenderá su extraño paradero.

Juana de Arco, la santa patrona de Francia es también —según la Iglesia Católica—patrona de “la gente ridiculizada por su piedad”. La pucelle siempre ha sido fuente de las mayores controversias y opiniones contrarias; se dice, por ejemplo, que consumía ciertas sustancias ricas en hormonas animales para mantenerse en un permanente estado extático y hasta que padecía diversas enfermedades mentales como la esquizofrenia y la paranoia.

Es allí donde la cinta de Dreyer hace su aparición como un fidedigno retrato de la santa sobre todo por su tratamiento formal, tan exacto que hasta podría fungir de un documento científico. La actuación de Renée Jeanne Falconetti es considerada por muchos como la mejor que ha dado hasta ahora la historia del cine, representando sorprendentemente a Juana tanto en sus periodos de éxtasis, como en los de fragilidad ante la cercanía de su ejecución.

Conclusión

Siendo una película muda —considerada por muchos como el culmen de este género— la preocupación de Dreyer se centró en una impecable fotografía y en favorecer al máximo el trabajo de los actores (curiosamente en el reparto figura el famoso poeta Antonin Artaud, quien encarna a un cruel obispo).

La técnica acentúa las realistas actuaciones, dejándonos apreciar todos las matices de cada uno de los personajes. La profundidad en la representación y el acertado guión permiten una interpretación ambigua, múltiple y por lo tanto rica del suceso. El juego de luces y sombras, el austero vestuario y escenografía y el manejo de la cámara en su mayoría en espacios cerrados, reproduce un barroquismo de eficaz factura.

“La Passion de Jeanne d’arc” es, en suma, una película dura. Verla significa integrarse a aquella dimensión en la que viven los mártires y ascetas, acoger sus principios y no simplemente parodiarlos como se hizo en algunas películas de corte “místico” —como The Messenger: The Story of Joan of Arc (1999)— a la manera new age.

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