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Al cierre de este artículo el Papa Francisco aún no ha pronunciado su esperado discurso en la Organización de Naciones Unidas, sin embargo ya ha puesto de vuelta y media al mundo con sus palabras y sus gestos en cada ceremonia a la que ha asistido en Cuba y Estados Unidos.

Hasta ahora se ha entrevistado con Fidel y Raúl Castro, y con Barack Obama, pero quizá no sean los líderes quienes más le interesan, sino sobre todo el encuentro con pueblos que viven realidades y desafíos diferentes, y a veces muy diferentes, pero que comparten la necesidad de una mayor libertad religiosa.

En la ceremonia de bienvenida en La Habana, el Santo Padre renovó los “lazos de cooperación y amistad entre Cuba y la Iglesia”, y no tuvo temor en pedir que la Iglesia pueda seguir acompañando al pueblo cubano “con libertad, y con los medios y espacios necesarios para llevar el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad”. También saludó el “proceso de normalización de las relaciones” entre Cuba y EEUU y animó a los responsables políticos “a continuar avanzando por este camino como prueba del alto servicio que están llamados a prestar en favor de la paz, y como ejemplo de reconciliación para el mundo entero”.

Esperanza en Cuba

Pero quizá las palabras más bellas que ha dicho en la isla, las tuvo en su mensaje a las familias. Primero resaltó el valor de las familias, considerando el hecho de que el Señor Jesús comenzó su vida “en el interior de una familia”, y es “precisamente en el seno de nuestros hogares donde continuamente Él se sigue introduciendo”.

Con este fundamento teológico, propuso a continuación que la familia es particularmente importante hoy en día porque “nos salva de dos fenómenos: la fragmentación (la división) y la masificación”. Y nos salva así porque “es escuela de humanidad, escuela que enseña a poner el corazón en las necesidades de los otros, a estar atento a la vida de los demás”. “Es en casa —dijo el Papa— donde aprendemos la fraternidad, la solidaridad, el no ser avasalladores (…) aprendemos a recibir y a agradecer la vida como una bendición y
que cada uno necesita a los demás para salir adelante. Es en casa donde experimentamos el perdón, y estamos invitados continuamente a perdonar”.

Francisco y Obama

Luego de Cuba, el Papa se ha dirigido a Estados Unidos con una agenda muy nutrida que incluyó la canonización del primer santo en suelo norteamericano, Junípero Serra, un discurso en Naciones Unidas, y la participación en el Encuentro Mundial de la Familias.
Con este programa, su primer acto ha sido la ceremonia de bienvenida con Barack Obama en la Casa Blanca, de la que todos los medios de comunicación han resaltado la gran “sintonía” y “afecto” entre ambos líderes. Y no han mentido al hacerlo, porque su encuentro ha sido muy cordial y afectivo, pero estas formalidades no ocultan las diferencias y discrepancias entre la administración Obama y la comunidad de católicos norteamericanos representados hoy por el Santo Padre.

No olvidemos que la reforma sanitaria impulsada por el actual mandatario norteamericano, quiere obligar a las organizaciones católicas a financiar anticonceptivos, esterilizaciones y abortos. Tampoco olvidemos que Barack Obama ha promovido y celebrado la legalización del “matrimonio” homosexual por parte de la Corte Suprema. Estos temas, aunque de forma sutil y diplomática —como lo exigía el momento—, sí han estado muy presentes en las palabras que el Papa dirigió al presidente, y en las que le exigió el respeto a la libertad religiosa de los católicos norteamericanos.

Primero le ha recordado a Obama que “los católicos estadounidenses, junto con sus conciudadanos, están comprometidos con la construcción de una sociedad verdaderamente tolerante e incluyente, en la que se salvaguarden los derechos de las personas y las comunidades, y se rechace toda forma de discriminación injusta”.

En segundo lugar le ha expresado que “les preocupa que los esfuerzos por construir una sociedad justa y sabiamente ordenada respeten sus más profundas inquietudes y su derecho a la libertad religiosa. Libertad, que sigue siendo una de las riquezas más preciadas de este país”. Y en tercer lugar ha manifestado la sintonía plena con los obispos de Estados Unidos que han pedido “estar vigilantes, como buenos ciudadanos, para preservar y defender esa libertad de todo lo que pudiera ponerla en peligro o comprometerla”. Más claro y directo, no podía haber sido.

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