Agón, el combate del cristiano

Agón, el combate del cristiano

UNA LUCHA QUE BUSCA EL BIEN DEL MUNDO ENTERO

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El cristiano sostiene su vida en el amor de Dios, por ello es capaz de resistir en medio de las adversidades.

Javier Gutiérrez Fernández–Cuervo

“Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán” (Lc 13,24). ¿En qué consiste esta lucha? El término usado en este Evangelio es agón, que significa combate. Como san Pablo es el autor que más usa esta palabra en la Biblia, vamos a recurrir a sus cartas para ir encontrando y descubriendo las características de este concepto.

Discernimiento

Para los griegos antes de Cristo, el agón era un debate formal entre dos personajes o agonistas, pero este concepto combativo en aras de la gloria personal inundó la cultura griega por completo, hasta el punto que se habla de la forma de vida helénica como el espíritu agonal.

Por el contrario, el agón bíblico es un camino de descendimiento: “Pues a vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo… no solo que creáis en él, sino que también padezcáis por él, sosteniendo el mismo ‘combate’ en que antes me visteis y en el que ahora sabéis que me encuentro” (Flp 1,29s).

Es lo que principalmente resalta san Pablo en su uso del término. “Después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes ‘luchas’” (1Ts 2,2). Este combate es agonía, pero una agonía valiente del que, unido en los padecimientos y en la agonía de Cristo, sabe que los sufrimientos y las injurias tienen recompensa.

Amor

Así, este combate es uno de amor. La meta ya no es egoísta, pues ahora se dirige al prójimo: es la conversión de los demás y su entrada al Reino, que implica la anulación propia que, a su vez, favorece la propia salvación: “He ‘competido’ la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe.

Y desde ahora me aguarda la corona […] y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación” (2Tm 4,6-8). De esta manera, el nuevo agón del cristiano tiende hacia los demás y repercute en el prójimo.

Incluso, el agonista cristiano santifica el mundo entero en su combate, y no solo a los próximos a su entorno: “Quiero que sepáis qué dura lucha estoy sosteniendo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me han visto personalmente, para que sus corazones reciban ánimo y, unidos íntimamente en el amor, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios” (Col 2,1s).

En conclusión, esta lucha de la que habla Jesús es un combate humilde para la santificación del mundo entero. Así, pues, para alcanzar la puerta estrecha, “también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la ‘prueba’ que se nos propone” (Hb 12,1).

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